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November 11 Domingo 21 de Octubre de 2007 UN RASGO COMÚN La imaginación y un estornino. Un único rasgo común entre elementos bien distintos. Una única nota en un mar de diferencias aéreas inabarcables. Nada compartido entre ambos, excepto su común vuelo veloz. Si la poseyera dejaría de volar porqué con todos mis vuelos no he podido dar ni un solo paso. Para mí no ha habido un paso adelante, para mí y para mis vuelos, siempre los mismos. Pasos de los de ahí abajo yo quiero. Tanto vuelo. Tanto volar siempre lo mismo. Mi vuelo visible. Lo hacen visible mis alas, sus movimeintos y la trayectoria de mi cuerpo. Mi vuelo es siempre el vuelo de la quietud, una quietud que va de aquí para allá. Un aquí y un allà nada inquieto, siempre idéntico aunqué ese allá esté en milenios atrás y el aquí sea coincidente, en lo alto de esta grúa, con el ahora de los que caminan. Como me gustaría andar para poder avanzar, y retroceder para zanjar y adquirir el color y la fragancia. Hundirme y levantarme y estando deshecho deshacer y rehacer para mis pies. No tengo pies. Desconozaco por completo estos movimientos. Sólo los cojo al vuelo de quienes caminan. No me son propios. Como me gustaría dejar el vuelo y andar y hacer camino o hacerme con uno o cien caminos. No puedo porqué vuelo. Me llegó una vez el sueño de quienes andan que volaban una libertad con futuro no más fulgurante que el porvenir de un automóvil. Desperté, però, que ya andaba. Sábado 25 de Agosto de 2007 POR TRES GRATOS TRIGOS AVENTANDO Hasta siete niveles de las aguas, conté en esta roca. Más uno formándose en aquel momento y por tanto no visible. Ocho, pues, los caracteres anotados por el río. Siete y uno haciéndose (tal vez para una mirada más aguda que la mía, haya más, así son de relativas las cosas). ¿Ocho, o dos compases de cuatro tiempos? ¿Dos categorías distintas de primaveras (la tónica de las estaciones, es la primavera)? ¿Una, la primavera de aquellos tiempos más lluviosos, y la otra la de estos, los nuestros, más secos? ¿O tal vez ocho sean los meses con que cuenta el río su trancurrir, no ya por su espacio, sinó que también por su tiempo? ¿Quizás de los ocho niveles, el río sólo elija básicamente cinco? Los cinco centrales y ahí, en este pentagrama, vaya escribiendo sus altos y sus bajos; por lo cual es que necesita alguna línea de más, para lo más grave o para lo más agudo. Sobre la arbitrariedad que significan los anteriores términos, que en buena medida también es la de las aguas (mucho más firme es la tierra) es que voy a tratar de aventar algunos granos, que son las palabras junto con sus cosas. También la letra anexa a su espíritu. Haré lo posible por tomar como modelo al Tío Vistalegre que no conforme con separar el grano de la paja, lo limpiaba y así, libre de tierra, quedaba preparado para una harina excelente. Su experiencia en el manejo de su molino, junto con su esmero, le aseguraban un producto de muy buena calidad. Le aseguraba a él tal cosa. Esa seguridad no es la de este escrito, lo que no quita que yo adopte las maneras del tío Vistalegre. Aventaré. Obtendré un trigo. El trigo se quebrantará, se desmenuzará: no será ya grano; tampoco, todavía, harina. Y una vez terminado el escrito, ya veré, por la calidad de la harina, si el grano fue lo suficientemente limpio. EL GRANO Así, por haber aventado, el saco de trigo es este: aquí, en estas letras, estipulo que la palabra y sus cosas son los granos. En este tramo de rio visite tres cosas... susceptibles de tantas palabras. Determino igualmente que las cosas con sus palabras, para los efectos aquí buscados, son así mismo grano. Tres molinos, que esas son las cosas visitadas, destacan por encima de las líneas agudas marcadas por el río en sus tonalidades más altas. Molinos hechos en otro orden de grano. Graníticos. Órganos de fuerza, agua y pan. Armónicos verdes enramados, envainando, aún y afortunadamente, sus fachadas. NI GRANO, NI HARINA (o sea, pasos y movimientos imprescindibles) (Sobre el puente Robledo; llegan un hombre y una mujer, jóvenes. Se hacen presentes recuerdos de su niñez, en la mujer). En esta dirección, hacia arriba, hay un molino. Como llegar. Brincando peñas por esta ladera. Otro más fácil de alcanzar. Sigue por el camino que antes has dejado para llegar aquí. Su punto final es lo que resta de un antiguo molino. (Deseos de ver el otro, el otro molino). Pregunto como llegar, al día siguiente. Mis primas Humi y Tere se ofrecen para la caminata. El lunes a las siete y media, de la mañana, de la mañana. Efectivamente, a la tal hora. Aprendizaje, por mi parte y por observación y rápida aplicación, del manejo de un buen palo (el que mi padre llevaba siempre consigo, si de ir por el campo se trataba). Al frente, Tere. ¡La de funciones que puede llegar a tener un palo! (auxiliar de transporte personal nada sofisticado, pero tremendamente eficaz). Zarzas, zas, palo y camino abierto. Desnivel franco, hincar palo, forzar sobre la empuñadura un poco con el brazo; desciendes o asciendes, según lo pertinente y todo gracias a la ex rama en mano. Terreno de piso dudoso. Clavar palo ahora para medir firmeza o desnivel camuflado, etc. etc (la segunda lección, la de vértelas con un animal, no tuvo lugar). Llegada. Yo brinqué por estás peñas. Por aquí el agua era conducida. Cerraba su paso un tablón de madera. Aquí lo que resta de la maquinaria. Casi nada. Ese no es muy antiguo, está revocado con cal. Ahora se es intelegente pero aquellas gentes no lo eran menos, ¡Cómo construían!. No hay segundo sin primero. Almuerzo con gusto a tiempo (dulce de barquillos y aromas del lugar que actuaban como especias en todos los sentidos). Y regreso, más fácil por ser, ahora, el acertado camino. (A ver si puedo visitar dos molinos más. Hacia Fuentes pedaleando, y bicicleta con un complemento sujeto con alambreS al manillar: el imprescindible palo. Joven ganadero con sus ovejas, a las que espanto mientras beben, lo siento y me disculpo, al ganadero; a las ovejas les pudo más el sobresalto que la sed, más allá del río tendrían nueva ocasión. Charla y alguna precisión para alcanzar, yo, mi objetivo. Se encarecen los piensos; de los cereales, combustible, buen precio; malo para los ganaderos que tienen ovejas. Mejor las vacas, menos atenciones, que uno solo no da para tanto si, como es naturalmente, quiere su descanso, etc). Decido por la Mata del Tacón (que en aquel momento no tenía ni idea de tal nombre para aquel lugar, vamos, ni del lugar tenía idea). Un paseillo, ya diestro con el palo, en momentos puntuales como flotando entre un obtáculo y otro, que son pocos, si acaso para moverte entre los restos aún no molidos del molino). Lo primero, un casillo donde creo eran guardados los mulos mientras se hacía la labor prevista. Lo segundo, en lo alto de lo que todavía está en pie hay una piedra - no fijarse en la fecha (caso de no querer rejuvenecer), la foto es de este agosto-, una piedra que, airada y dolida, mantine el orgullo de lo que en otros tiempos fue tan sólido, ella misma aportaba, antaño, su ser compacto. Lo tercero, aunque sesgado sobrecoge, lo tercero -digo-, el muro destinado a subir el nivel y engrandecer el tono del rumor para convertirlo en potencia medida y canalizada de las aguas, todo para dar precisión y fuerza justa para mover, al final de un recorrido, las piedras de moler. El espíritu de estas letras, que es el río, se encontraba, mediando mecanismos bien acompasados, con el alma de estos molinos, que son sus piedras de moler. Ahora ni tan siquiera se encuentran en absoluto, más que algún firme y tenaz testimonio relacionado. El espíritu de estas letras, el rio. Sin embargo de bachiller, y en alguna que otra ocasión más, leí que eso del espíritu es indivisible. Vamos que no hay quien, ni qué, lo parta. Pues bien voy a enmendar. El espíritu de estas letras es el río y quien, como el tío Vistalegre, orquestaba aguas, ejes, grano, compuertas... para que al final saliera, como la voz blanca de un canto, la harina del sustento. El espíritu, aquí, es el rio y su acústica: el incesante canto, alegre, de quienes armonizaban fuerzas en ese concreto escenario de la naturaleza. (Es necesario que aquí el escrito quede inconcluso. El trato es que he de dejar en cada molino visitado un par de párrafos, bien, quiero decir de sacos, y así pago, ni que sea póstuma y anónimamente, lo debido a sus dueños. A mí, bien que mal, ocho párrafos me han bastado, ¿Por qué, pues, más?). [Añada - supuestos los dos anteriores, el de la palabra y la imagen del texto- yo un placer. Mientras escribía y montaba este artículo me hice acompañar con esta música, uno de los cánticos (carminas) de Burana, el Primo Vere. Recomendable escucharlo minetras se lea, o mejor aún mientras se miren las fotografies del artículo.] Viernes 24 de Agosto de 2007 ¿MÁS O MEJOR? (III) Cierto que a menudo ocurre que aquello que nos es más cercano es lo que menos valoramos. No es la cercanía, por sí sola, un criterio para conferir valor a cualquier cosa, bien sea objeto aislado o paisaje. Es alguna cualidad que percibimos de algo, aquello que suscita alguna emoción que, lejos de adjudicar una cantidad a lo percibido, se deja conmover, enalteciendo o aserenando íntimamente nuestro ánimo. Se deja conmover, o tal vez sea que nuestra capacidad de aprecio se concentre en un sentimiento gratamente sorprendido por una equivalencia de buena calidad contenida ahí a fuera en algo. Es decir, que quizás nos reconocemos mejor y mejores mediante las cualidades, poco pasajeras y poco alterables, que las cosas puedan contener. La cercanía de algo no sería criterio de valoración, pero lógicamente debería facilitar, y por tenerlo tan a mano (ya que está tan cerca) potenciar nuestro aprecio de lo valioso. La cercanía debería sernos un potenciador natural del sabor que, según nuestros sentidos, las cosas despiertan en nosotros. Debería, ser eso así Pero con frecuencia, eso que debería, no resulta ser. Imaginemos a una persona sumamente pedante que empieza a contar maravillas de su propio entorno distinto al nuestro. O supongamos que algo de nuestros alrededores tenido desde siempre desapareciera como consecuencia de un cataclismo muy puntual. O consideremos que alguien, venido de otros lugares e impresionado por nuestro paisaje, empieza a contarnos con cierto detalle sus impresiones al respecto. Es muy probable que en cualquiera de estas tres circunstancias se accionaría el resorte de nuestras valoraciones y entonces caeríamos en la cuenta del valor de cuanto nos rodea o nos rodeó. ¿Qué significa todo ello? Básicamente tres cosas. Primera, que antes de algunos, o los tres, de estos supuestos hechos ya tendríamos, cada uno de nosotros, el aprecio, las sentidas valoraciones de los bellos lugares o detalles de nuestras cercanías. Segunda, que este aprecio, que esto tan querido yacía adormecido o disperso; además se hallaba más a fuera que dentro de nosotros, más en manos de los demás, o de las circunstancias, que en uno mismo. Y tercera, basten los tres supuestos, antes de que ocurran realmente, para caer en la cuenta de manera anticipada que nos pasamos una gran parte de nuestra vida desatendiendo lo más valioso de nosotros, bien seamos nosotros mismos (cada cual), nuestros seres queridos, nuestro paisaje o cualquier otra cosa tenida por nosotros como verdaderamente valiosa (valiosa por los fragmentos de felicidad que nos aportan, nada despreciables para los tiempos que corren; y como corren, ¿verdad?). "Mira que es precioso esto y no lo apreciamos; mira que somos torpes... somos más torpes". Decía una mujer a alguien mientras se contemplaban las imágenes cercanas al pueblo y grabadas en vídeo por mi primo Vicente. Si es una torpeza no valorar lo que tenemos tan cercano; entonces lo diestro, lo hábil, lo certero será valorar cualitativamente cuanto valga de lo que somos o de lo que tenemos. Posible objeción a todo lo escrito hasta aquí: "Es que, claro, eso de por ahí lo tenemos visto de toda la vida, desde que nacimos, vamos; y ya no nos impresiona". Respuesta a la objeción, la tomo de unas palabras de un hombre, ya algo mayor, del pueblo. Ya hace bastantes años, como unos quince, el que llamaré tío J me contaba, cerca de los pequeños -y fecundos en calidad- huertos de la Vega: "... como me agrada pasear lentamente por los alrededores del pueblo mientras va atardeciendo; a veces me descalzo y ando lentamente sobre la hierba para sentir su frescor, su frescor y también la calidez de la tierra". Según el criterio de aquella mujer que contemplaba el vídeo de Vicente (criterio: que hábil, certero, diestro es quien valora, aprecia cualitativamente su vida y sus cosas; mientras que qué torpe es quien va haciendo de su vida casi únicamente poco más que un mero objeto de contabilidad, una mera cantidad, altísima, incluso, si queréis), según este criterio, y de ser así en una medida suficiente, el tío J llevaba una vida precisa (sin torpeza) y preciosa, a pesar de sus errores, que seguro que los tenía pues yo estaba hablando con un humano). La pregunta. ¿Cómo tener a mano siempre que espontánea o deliberadamente queramos la valoración de lo que apreciamos y nos da, aunque sea a retazos una humana (que no más, claro) felicidad? O, la misma pregunta mostrada por su reverso ¿Cómo no depender del fanfarrón o del cataclismo para valernos por nosotros mismos de nuestra propia capacidad de aprecio y valoración? Hagamos un nuevo haz con los detalles brindados. La mujer que mira, aprecia y emite sin saberlo un criterio, su persona (como cada cual es persona del otro que también lo sea) la persona, quiero decir, de quien la escucha y asiente en una común valoración, el tío J y mi primo Vicente (y su fruto, el vídeo). Como cordel que reúna las ramas sueltas de estos detalles yo propongo el trenzado de las siguientes palabras: reconoce, dice; escucha, asiente pero no por cumplir sino por sentir; expresa sin tapujos lo grato de la hierba y la tierra, del atardecer y de la lentitud que comporta todo deleite; hace del paisaje un bello discurso de imágenes, substituyendo el oxígeno del aire en la naturaleza por la música que ejerce hondura en lo hondo y expansión en lo alto (la primera de las músicas del vídeo, según mi gusto, muy acertada). Hagamos el nudo con esta cuerda de tal manera que el haz de detalles no se desparrame con facilidad: La mujer decía, Vicente contaba con imágenes revocadas con la transparente materia de la música, otro escuchaba, el tío J expresaba, libre, sin tapujos sus sentimientos respecto a lo que apreciaba tanto, independientemente de que ese tanto fuera, a la vez, tan sencillo, tan poco, a ojos vista de quienes predominantemente hacen por ver apariencias. Y ahora ya el fuerte lazo del nudo de la cuerda del haz. Ya hecho: Contémonos y atendámonos en lo percibido y sentido como valioso y tal vez así evitaremos, en cierta medida, dejarnos tratar como si fuéramos un circuito cerrado, predominantemente accionado por los demás, por los demás y de pocas miras o únicamente por las ciegas circunstancias. Que al no contarnos lo valioso, lo ciego impersonal nos hace caer en la cuenta, sí, pero sólo en aquella cuenta excesivamente ponderada como únicamente valiosa: la cuenta de la contabilidad, la que sólo cuantifica, ajena a la calidad de lo verdaderamente valioso, que, sin dudarlo, tal como vemos y sentimos, existe (y nos merece, y lo merecemos). Así el fanfarrón no sabe decir más que "más": "lo mío es más, mucho más que lo tuyo" (puede que diga "mejor" pero éste es un término, para él, vacío; no puede decir más que "más", no puede hacer otra cosa que cuantificar intentando robar valor a lo otro de sí y a los otros en sí. El cataclismo o cualquier otra ciega circunstancia, así mismo, lleva sus cuentas: no cuenta más que con menos, hasta su indiferente cero, de ser posible, un cero absoluto aunque sólo sea en un determinado punto, a veces el que más puede dolernos. Y a ese alguien venido de fuera, por muy de otro país e incluso de otra cultura que sea, sabemos que lleva el visado de esa cualidad que sabe o busca apreciar tanto lo propio como lo ajeno. Nos conviene, tanto a nosotros, como a él, como a lo valioso de la vida, que cada cual puede ir dirimiendo (lo valioso aquí, lo no tan allí, lo no valioso no más que rastrojo). ¿Y cómo etiquetaría a este haz de detalles cogidos por su cuerda, con su nudo y con el lazo del nudo acordado? Yo lo etiquetaría así: FRÁGIL, CUIDAR CAPACIDAD PARA APRECIAR Y DISFRUTAR CUYA DENOMINACIÓN DE ORIGEN SEA ELABORADA POR UNO MISMO DESDE LO ALTO DE UN TESO NO CERCADO (II) Nada como ir de un sitio a otro. Aunque la distancia entre lugares sea de pocos quilómetros y el recorrido quede cubierto en poco tiempo, a pie o con cualquier medio nada o poco sofisticado. Nada como cambiar de vez en cuando de perspectiva, elevarse sin dejar de tocar, con los pies, la tierra. Es decir, ascender ni que sea por un teso y desde su modestísima cumbre pasar de los detalles para contemplar todo un panorama. Así pues si el otro día pretendía atender al posible valor de los detalles, hoy salto a ver qué me depara una cierta panorámica. De los árboles y su riquísima variedad de formas, podría decirse, paso a contemplar el bosque para ver qué encontramos vistas las cosas desde lo alto. De un buen dominio sobre algo adquirido a base de ejercicio y tiempo le llamamos tener experiencia. Son comparativamente pocos los detalles que uno ha de considerar conscientemente en la realización de aquello en lo que se tiene habilidad (si acaso los oportunos y precisos pormenores). Vamos con relativa facilidad al grano. Oportunamente advertimos qué, y sobre todo cómo y cuándo, hemos de hacer para solventar cualquier dificultad perteneciente a nuestro ámbito de experiencia. Y una vez realizado el trabajo éste muestra tener toda la riqueza de detalles pertinentes, aún no habiendo sido necesario considerarlos todos y cada uno de ellos en el proceso de su realización. La experiencia es un grado, decimos. Veamos si es posible rebajarle, a tal dicho, algunas décimas de tal grado. Muchos tenemos la experiencia de haber realizado adaptaciones (cursillos, o lo que el otro sabe me lo dice, o lo que sea) para seguir o progresar en el trabajo. Por ejemplo, frente a nueva maquinaria para laborar el campo... todo un nuevo aprendizaje, ¿no es cierto? Actualmente también ocurre a menudo que uno deba desempeñar muy distintos trabajos a lo largo de su vida. Uno puede pensar, con todo esto, que un exceso de cambios ocurridos en un corto plazo de tiempo puede producir una merma o una excesiva parcelación en la extensión de aquel más o menos amplio terreno llamado LA EXPERIENCIA DE CADA CUAL. O tal vez ocurra que adquirimos gran habilidad en adaptarnos a los cambios aunque sólo sea para subsistir. En el teso que ahora me encuentro he de salvar, para descender, una cierta altura tal como necesariamente ha de hacerse si la ladera se encuentra sesgada por donde más interesa pasar. He de saltar. Saltar al más fértil de los terrenos, a ese terreno que es capaz de desarrollar el más exuberante de los cultivos y que puede decirse en singular: LA CULTURA. Y el terreno es, claro, EL HOMBRE. No podemos dejar de andar por este campo y me parece que justamente es aquí donde cabe rebajar el grado al decir que pretende exhibir tanta experiencia. Intentaré explicarme. Todos, con el paso de los años y de muchas alegrías y decepciones, tenemos un cierto y a menudo buen conocimiento intuitivo de quienes son los demás, cercanos o no tan cercanos a nosotros e incluso para nada cercanos. Sin embargo es ahí, en nuestros diferentes tipos de relaciones, donde me ha parecidola entrada de consideraciones distintas, nuevas, también reales pero más favorables a lo que el otro sea. Más como esto, como un cerco protector, que como panorama de largo recorrido que invita a bajar a los detalles por mirar de percibir aquellos indicios de lo que posiblemente también pueda ser el otro (o llegar a ser) y que por ahora no habíamos advertido o que el otro no había mostrado. observar a veces que usamos el conocimiento de nuestra experiencia más como un cerco, a veces muy estrecho, que pretende impedir Aquí, en este terreno, me parece que el conocimiento de nuestra experiencia, como mucho, sólo nos vale medio grado. Creo que sin cavar mucho, en el subsuelo de lo aquí escrito confluyen las siguientes preguntas: en ésta gran parcela de nuestras relaciones, ¿Por qué vertiente andamos predominantemente? ¿Por los estrictos y a veces necesarios cercos que sólo juzgan al otro? ¿O por la ladera donde quedan orientadas las entradas por las que pueden circular detalles, tenues indicios, a veces, que punteen una mayor y más profunda comprensión (no mojigata) de lo que el otro sea o pueda llegar a ser? Desde lo alto de este teso, pues, una panorámica que puede prescindir de muchos detalles: la labor realizada en el campo de nuestra experiencia. Al saber acumulado por nuestra experiencia le otorgamos un grado añadido al mero saber teórico o formal. Del conocimiento que puede darnos la experiencia hay una parcela, la de las relaciones humanas, cuyo saber es tan delicado como un arriesgado descenso por los montes. Entonces sí que hay que fijarse con detalle donde ponemos los pies, por ver si pisamos desproporcionadamente más sobre las resbaladizas arenas del juicio, que sobre las bien sujetas rocas de la abarcadora y más profunda comprensión del otro, cercano o muy alejado, incluso culturalmente. Viernes 17 de Agosto de 2007 ENTRE TANTO DE CUANTO HAY, ¿QUÉ? (I) (LA ZARZA DE NUEVO) Primer intento, fracasado, para llegar al río. De haber continuado caminando, tal vez lo hubiera conseguido. Sólo tal vez, porque llegado a aquellos dedos de pata de gallo en que se descompone el camino, ¿Hubiera cogido el camino de la izquierda, izquierda, o hubiera seguido recto, o hubiese optado por el dedo del medio (que no sé, entre gallinas y gallos, cómo le llamarán al tal dedo)? Al día siguiente, y después de diversas indicaciones de estimados lugareños, el éxito que había de ser coronado con la llegada al río fue alcanzado. En este segundo intento ya fui advirtiendo los significativos cambios operados sobre el terreno. Avanzando, y algo más allá del depósito del agua, lo que quedaba del antiguo camino iba alejándose por la derecha de tal manera que ahora para pasar ladeando la Laguna Nueva había que dar, al dictado del nuevo y prensado camino, dos giros de 90 grados, uno hacia la derecha y el otro, tras unas cuantas pedaladas, a la izquierda. Y entonces sí, gracias a la doble y contrapuesta rectitud de tales ángulos, aparecían detalles que mi memoria iba reconociendo como indicadores de la correcta marcha hacia el río Uces; al cual llegué entre una cosa y la otra, es decir, entre detalles y atentas indicaciones vecinales. De regreso al pueblo, el atisbo de unas consideraciones de carácter general concebidas meramente como posibles. Entre los cambios ocurridos de un tiempo a otro, entre las diferencias de una persona a otra; en fin, entre la diversidad de todo (que afortunadamente es tanta) tal vez sea el cúmulo de discretos e inadvertidos detalles que uno mismo puede disponer para nuevas configuraciones elaboradas interna y secretamente por la singularidad de cada cual, los que esbozan nuestra capacidad para orientarnos en un mundo tan cambiante como es el nuestro; bien sea (ese nuevo cuño de detalles) para desenmascarar los cambios que nos venden como tal, pero que en realidad no son más que espejismos vacíos con siempre lo mismo (es decir, tedio o rutina); o bien para seleccionar (de entre tanto cambio y diversidad) según lo que cada cual quiera por y para sí mismo; o, finalmente, sea la disposición de estos detalles (antiguos y a la vez inquietos por lo nuevo, distinto y diverso) los que hilvanen las relaciones de nuestra personal y singular diversidad interna (contradicciones, sombras y oscuridades incluidas). Y todo ello sin dejar de considerar oportunamente (es decir, cuando sea necesario) las señalizaciones de aquellos que conocen mejor que nosotros algún terreno, terreno que en un momento u otro nos convenga o nos veamos obligados a caminar sin saber muy bien por dónde ir. ¡Ah!, ¡y sobre todo!, -que me olvidaba- tal como tan distinto puede ser un detalle del otro, podamos, gracias a la riqueza (pero de detalles o de un solo detalle valioso), admitir y, llegado el caso, apreciar lo muy diferentes que podemos llegar a ser los seres humanos, entre la realización de nuestras posibilidades y el impedimento de nuestras limitaciones, sin que tales diferencias tengan que suponer, precisamente, motivos para el recíproco menosprecio (banalidad) o rechazo (xenofobia, envidia u odio). Domingo 22 de Julio de 2007 LO HECHO HASTA AHORA Escribo para hacer, lo mismo que quien maneja ladrillos y otors materiales edifica. Escribo para hacerme con la palabra, lo mismo que ando para hacerme con el camino. ¿Qué ando haciendo a base de palabras? Estancias, estancias habitables por donde pueda moverse, a veces a tientas y a veces a sus anchas, el lado intangible de mi persona. ¿Por qué debería quedar yo a la intemperie, desprotegido, habiendo vocablos para hacerme con un cobertizo? Y habiendo adquirido, sin especulación alguna, todo un paisaje rimado de campos, zarzas y hogares ¿no habría de abrir la hoja de una de las ventanas para levantar, yo, la mirada y sobrevolar los prados y los riscos de la libertad? Decidí que las paredes deberían estar hechas del material que desprende la música, de ahí que no pocas habitaciones hayan quedado bien musicadas. En estas paredes han sido necesarios algunos cuadros. Colgué unos de Kandinsky y otros de Turner. Algunos recuerdos hallados en la penumbra han sido puestos a la luz para que luzcan como adornos valiosos e irrompibles, irrepetibles. Puede que al subir los materiales para muros y paredes maestras se haya sentido uno (quien escribe y también quien haya podido leer) algo denso o tal vez pesado: tal vez no pueda ser de otra manera, no hay planos ni diseño ajeno para lo singularmente propio y hay que trajinar para ciertas distancias, el confort y la amplitud de lo intangible así lo requiere (otra cosa es lo que uno pueda ir mejorando, escrito tras escrito ya iran apareciendo materiales más ligeros y flexibles, nada es todo a la vez). Domingo 15 de Julio de 2007 La música es un no a la flor que jamás hubiera sido Acto muy íntimo, éste de escuchar música. Imagino la música que a mi me gusta comparándola al rocío, parte del cual humedece y refresca la superficie de los campos y otra parte está destinada a favorecer un inicial proceso de nutrición en el reino vegetal. En la superficie lo hace a la manera de esas gotitas condensadas sobre, por ejemplo, los pétalos enrojecidos por la aterciopelada timidez de una rosa. Así es como recordamos, susurramos, tatareamos, envolvemos cuanto hacemos con esas melodías que nos vienen a la mente de manera imprevista o ligeramente deliberada. Retazos del pasado hechos ahora mismo presentes. Acarrean teimpos tiernos, esos sones de otros hechos tan nuestros. Así mismo intensifica el verde de la hierba, el rocio. Lo mismo que determinadas músicas nos salpican de emociones que se condensan entre los poros de nuestra piel. Ya hecho uno con la tierra, humedeciéndola, ¿qué hace el rocío? Esponjado el suelo, y antes de que éste se apelmace, disleye el mineral propicio al crecimiento vegetal. En un adentro espacioso (que bien podría ser el nuestro) la música dilata poros del subsuelo del alma absorviendo nutrientes, que son nuestras propias emociones encontradas por el acuerdo de unos instrumentos. Promoviendo, tal acuerdo, el desarrollo musicado de algo indecible en palabras, algo que nos rondaba por dentro y que antes de la escucha yacía despersonalizado, es decir sin su decir propio y apropiado. Apropiándose y expresándose ahora por la música interpretada y escuchada en la parcela de nuestro gusto personal. Haciéndose, tal gusto, con perseverancia alejada de la manía, haciéndose a la escucha. A la escucha de esta o aquella música que por su calidad hace reverdecer el tallo de un instante cuya flor jamás hubiera sido, si tal rocío no hubiera existido. Sábado 16 de Junio de 2007 SILENCIO Poco que decir, en esta ocasión. Sólo ofrecer una invitación. Una invitación doble. Una para oir un par de elaborados sones; extraídos, uno, del lamento de cuanto vive, y añado yo que en condiciones brutalmente adversas; y el otro son hecho en honor a cuando se es incapaz de hacer daño. Uno, el primero, se titula, según traducción de un programa informático, Todo lo que vive se lamenta (Everything that lives laments). El otro es Inocencia (Innocence). La otra cara de la invitación sea para la reflexión i la expresión de protesta hecha contra las acciones personales, las condiciones sociales y relacionales que provocan desatenciones, usos, abusos y brutales palizas a los niños, aún a los casi recién nacidos. (Ambas piezas musicales estan interpretadas por los mismos músicos (Ulf Wakenius, Lars Danielsson i Morten Lund) Sábado 09 de Junio de 2007 AL VUELO Por el refresco de memoria que a menudo supone la lectura, de nuevo, por tal acción ejercida sobre una cita, he recordado algo así (que es de E. Kant) como lo siguiente: Es justamente por la fricción, por la resistencia que ofrece el aire, que la paloma puede elevar y mantener su vuelo. Justamente por tener esta condición, por estar de esta manera condicionada, por el aire y su resistencia, es que la libertad es posible y no por la ausencia de toda condición, como a menudo se ha soñado y a veces se ha pensado. Sin embargo, por redondear la cosa, si a la paloma le añadiéramos un peso, pongamos que una piedra colgada de la cerviz o donde fuera de su cuerpo, esa condición dificultaría o evitaría el vuelo de la ave, hasta llegar a anular su propia capacidad para alzarse Busco como materializar el aire que a nosotres nos contiene. Por asociación, que no por argumentación, hallo que nuestro aire, el aire que nos hemos insuflado, es la cultura. Cuanto tocamos y acojemos, humanizamos. Pero en este sentido: cojo una piedra y la humanizo, es decir, puedo hacer de ella un elemento para la construcción o para la agresión dañina, destructiva. Y tan propio del hombre es destruir como construir. Tan humano es una cosa como la otra. La composición de la cultura, como la del aire, es variada. Hay elementos que oxigenan, que nutren nuestra sangre dándole una vitalidad con la que nos notamos capaces de andar de nuevo, que no es poco; o, diferente y aún mejor, andar por lo nuevo; o, para quien pueda, lo máximo ya: abrir nuevos caminos. Hay, por ejemplo, tradiciones que nos revitalizan; las hay, pero, que son aquella mismísima piedra colgada en el cuello, o una especie de estuche que aprisiona nuestro cerebro, no sea que nos crezcan ideas con raíz en los sentimientos y salgan, como flores, anhelos constructivos de nuevo cuño, o de cuño propio hecho hasta cierto punto a consciencia, aunque tal cuño desdiga las somnolientas corrientes de aire (dando siempre bandazos y poco más, las tales y puñeteras corrientes imperantes). Hay componentes ahora mismo (y me parece que miles y miles de años atrás, también, aunque en otras formas) que atizan lo más rastrero que en cierta medida cada cual llevamos consigo; que espolean, avivando el odio, potenciando la envidia; que están, algunos, para engordar y engordarse el putrefacto y purulento intestino de la corrupción. Aires también los hay que de ensordecedores que son, resulta imposible oir o decir la voz, el habla que dice. Hay incluso una ausencia de atmósfera, un vacio tal, que nos notamos a veces como en una campana a la cual se le ha practicado el vacío casi absoluto (y si tal cosa notamos, ya es mucho): por más que gesticulamos, nada decimos, nada nos llega. Como lo de la piedra en la mano no era más que una escusa para decir, ahora la suelto según el natural sentido de la gravedad, la dejo dende estaba, en el camino. Ni para agredir, ni para construir, sinó que sólo para intentar decir, para ensayar, pues. Dejado allí el rollo, entre yerbas y polvo; en pueblos, urbanizaciones, barrios y ciudades habrá quién luche, porque puede, predominantemente contra los elementos de ahí fuera (en una medida u otra cada cual lo hace); otros, porque notan que lo necesitan, haran al fin por revisar, sin columpiarse en el otro, sus intestinos, analizar su sangre envenenada por el odio, la envidia, la venganza recurrente (bien humanos y comunes que son, estos sentimietnos, ¿verdad? ¡y a veces tan acalladamente tenidos!); habrá quien empiece a tener en cuenta su poco yo, por tantas corrientes (y no todas meramente culturales) atemorizado o golpeado o ignorado o empequeñecido o embrutecido... Los habrá también que con un esfuerzo fuera de lo común (porque en el casi vacio es poco el oxígeno que queda, irrespirable es el ambiente) intentará romper, con todo su ser, la vacía campana de la incomunicación. Y los habrá que preferirán circular y más circular sobre sí y la nada; auque, eso sí, en compañía de no pocos. Bien, tal vez, por la resistencia de unas palabras, por las condiciones que estas suponen para el querer decir, he podido realizar, en libertad, un vuelo sobre una de las panorámicas de la libertad. (Para después de lo escrito, y lo leido (quien lo lea): Sugerencia de la casa, nada como oír algo que se alimente del aire y que revolotee por una de las músicas más libres y bien acondicionadas que existen. Flauta y el órgano de Joey De Frencesco. El tema: LITTLE B'S POEM) Sábado 02 de Junio de 2007 ME SUENA QUE... Soy consciente que ponerle palabras a las impresiones subjetivas se aleja de lo que se supone ha de ser eso de pensar (al menos a la manera occidental), y aún más lejos está, eso de aparejar impresión y palabra, de lo que es tener conocimiento relativamente cierto de la cosa que sea. Ponerle palabras a las impresiones está más cerca, según me parece, del canto: debe asemejarse a lo de ponerle letra a las melodías. Quizás (vaya usted a saber). Así que lo que ahora escribiré será más un sonar que un decir. Tengo la impresión que en lugar de mirar por el retrovisor para mejor avanzar reduciendo riesgos, queremos volver al pasado, a aquel paraíso de normas, exigencias desconsideradas y desconcertantes, a los esfuerzos (para no pocos desmedidos en el momento de ser requeridos, tales esfuerzos; insalvables, los obstáculos a superar, puestos por el arbitrario aquí y ahora del docente de turno); volver, decía, a los méritos cuyo panorama de fondo son el elitismo, el prestigio rimbombante y huero, lugar común para oquedades (es decir preciosistas formas y amaneramientos sociales para quedar bien en todo momento y circunstancia); oquedades, decía, rellenas de materia y cachivaches inservibles, puros desperdicios de cosas y más cosas; merecidos, tales supuestos méritos, más por las cualidades que génetica, naturaleza o Dios (según gustos) ha dispensado (es decir, acudir otra vez aunque de otra manera a los antiguos privilegios de nacimiento) que méritos hechos propios por las superaciones o convivencias de no pocas dificultades que uno lleva incorporadas; sí, estas dificultades (por usar palabra suave) implicadas en el desarrollo de una persona, desde el año cero de su existir hasta alcanzar el mismísimo instante de su último aliento. Retorno al pasado de "esto lo haces porque lo digo yo y basta!!!!!! (donde: !!!!!!!, es un gritar de descarga de tensión y para nada una atención considerada y sabedora del chaval, es decir educativa; y no sólo una, la descarga, sinó que insoportable, para padres, hijos y educadores en general, la tensión; o donde: !!!!, son dos pares de hostias dadas a tiempo, como tanto vuelve a decirse, a falta, claro, de mejores recursos). Hubo un tiempo de lenta gestación (germinó allà por el XVIII) en que los educadores cayeron explícitamente en la cuenta de que si de educar se trataba, el centro de atención debería ser conocer, saber del niño. Quién es el niño, quién és y cómo es, no ya el niño (así en abstracto, que también), sinó quién es este niño en concreto que está ahi delante de mí, ¿cuál su singular complejidad, sus cualidades, sus dificultades, sus luces y no pocas veces sus porfundísimas y dolientes, muy dolientes y silenciosas sombras...). El niño primero y no el lucimiento personal de conocimientos sin fin del maestro, o el libro de texto como único rasero por el que todo infante debe medirse, entre otras medidas: el más inteligente, el más listo, el más rápido, el más bueno en todo, el megabuenísimo en todo + informática... Qué sereno, intensísimo y dilatado placer, el de escuchar una determinada música mientras llueve más allá y junto a los cristales. Según categorías caseras, que quiero que sean las mías y para mis usos y costumbres particulares, si recogiéramos todas las lluvias caídas en únicamente dos aljibes, tendríamos el aljibe de la lluvia caída suavemente, con continuidad, con una cadencia casi regular y en prolongado tiempo de reparto; sí, ese llover que oportunamente empapa la tierra porque la quiere apta para la labor de ser. El otro aljibe sería el de las lluvias torrenciales, devastadoras, arrasadoras de la tierra y sus frutos (pero en mi fantasía, ya que estan en un aljibe, dificilmente contenidas, pero contenidas al fin y al cabo). Una sería la lluvia de las reformas educativas hechas en profundidad (¿las ha habido, con largeza, alguna vez en la Ibérica península?) y la otra las hechas con los ojos vendados: esas miradas encubiertas que anhelan inadvertidamente el retorno del pasado, o la de imponer a espaldas del cotidiano buen hacer del docente (no digo que todo hacer docente sea bueno, ¡que va!, pero en buena medida, creo que sí); esas miradas de muy poca cabeza (es decir de cabezas siempre disyuntivas) que alternan en uno o en otro de estos dos rígidos esquemas: o retorno, o de espaldas a... Antes que mirar por el espejo retrovisor... y a la vez no perder de vista, claro, la carretara... ¿Con qué se encuetran esas buenas lluvias al caer al suelo? Con mentes ya excesicavamente impermeabilizadas (tal vez jamás fueron porosas) o con el "para eso no hay dinero": para desmasificar aulas (por poner un sólo ejemplo), con la consecuente intensificación del tiempo dedicado a los alumnos que esto comportaría; no, al contrario se incrementará la cantidad de niños por clase (lo dicho, el retorno del pasado). También me parece que abunda el espíritu ido, a la moda, pero de la siguiente manera: cualquier cosa nueva es negativamente sospechosa, así ni tan siquiera me dejo inquietar por ella y la considero (no hago por quitar ese alquitrán que va asfaltando partes de nuestro, el del maestro, querer descubrir y revisarse); mucho menos la pienso, la aplico y la hago propia, de verla yo conveniente. Así, que pase de largo todo lo nuevo, "como resulta que eso no será más que una moda..." y efectivamente, moda hacemos que así sea. Mi impresión es que con bastante frecuencia, las reformas (el espíritu y no únicamente la letra de las mismas, que también) no pasan de la etapa de educación infantil; se quedan ahí y van evaporándose conforme aumentan los ciclos educativos. Y así se mantiene la sequía del ayer, de modo que no nos haría falta volver atrás. Eso también tenemos, ¿no pocas mentes educantes? ¿Cómo es que acabamos, tarde o temprano y en cierta proporción, yendo contra todo, en este caso contra los intentos de mejorar la educación, siendo que las reformas no han sido más que lluvias caidas en suelos poco dispuestos, o aguas caídas torrencialmente, pretendiendo arrasar con casi todo, sinó todo, lo anterior? (Y de ese balanceo no nos movemos, al parecer). ¿Contra qué vamos? Así, con nuestras mentes asfaltadas y torrienciales lluvias que caen aproximandamente cada cuatro años o según cambio de dirección, los derrapes y accidentes docentes no son pocos; y se están acumulando en el vivo cementerio de autos, me parece a mí, no pocos herrajes lujosamente oxidados. Mejor sería, en lugar de conducir marcha atrás o lo que es lo mismo de espaldas a la cotidiana calzada, mejor sería, digo, mirar por el reflexivo espejo del retrovisor sin efectuar gratuitos y peligrosos espaldarazos. Y de la misma manera que quien está al volante es el conductor que mira más significativamente lo que tiene por delante, de esta misma manera dejar y cojer (ambas cosa) el protagonismo del quehacer docente quien dia tras dia y de la mejor manera posible está con y al frente de tal y cual niño o niña, o de tal o cual grupo de niños; o participa, el tal, en reuniones que buscan al niño en su ser educable y no va correteando entre burocracia y lances cara a la galería. Pero atención con la palabra "protagonismo" porqué de la educación, protagonistas lo somos todos. Así que cuidado con descargar (para cargar a otros, no puede ser de otra manera) responsabilidades adquiridas. O cargarme yo con responsabilidades que no me pertenecen a mí sinó que a otros. (Tal vez convenga aclarar un poco el ánimo que deja este texto, al que me parece que he vertido algo de aditivo espesante, con la posterior escucha del tema en PARA ESCUCHAR de Django Bates (por lo de relajar el ánimo): You Live And Learn Jueves 24 de May de 2007 TU PIENSA LO QUE QUIERAS, YO TAMBIÉN Piensa lo que haces, oía decir de niño. Y esas dos cosas hago, muy a mi manera, claro, y a un nivel más bien modesto, qué digo más bien. No, directamente: muy modesto, es decir, a nivel casero. Así, para mis usos y costumbres. Eso hago: hacer y pensar. ¿Obediencia? ¿Simetría de aquel decir cadencioso en ese escribir de ahora mismo? No creo. Más bien coincidencia. O tal vez con mejor y mayor precisión: incidencia. ¿Incidencia sobre la diana de algo valioso? Por algún extraño armónico, la cadencia de aquel decir al niño hace redoblar juguetonamente algunas palabras sobre el divertido parche de la imaginación. ¿Pienso y acto seguido hago? ¿Primero hago, después pienso? ¿Pienso al tiempo que hago? ¿Tendrá alguna cosa que ver, lo que hago con lo que pienso? ¿Qué hago? Desayuno una buena taza de café con leche. La salud (todo un valor eso de la salud) aún da para que el café sea según su nombre apunta: con cafeína. ¿Qué pienso? La taza, la taza... un continente, una cavidad en la que, naturalmente, algo cabe. El café con la leche (que en su calidad de símbolo puede ser cualquier cosa) son los valores. Sí, sí, esos alrededor de los cuales tanto se cacarea que hay que educar. Adormilado, no pienso, y la taza se hace trizas de manera contundente. Los valores, a saber, el café con leche, a falta de taza que los contenga se desparraman sobre la suferficial base del posavasos y poco más. Valiosa, primeramente valiosa, es la taza en su calidad de cuenco y de fondo hecho artesanalmente. Y haciendo abstracción (que al fin y al cabo es de lo que se trata al pensar), es decir quitando de cualquier lugar los restos materiales de la dichosa taza, lo valioso, lo primeramente valioso, tal vez sea ese nuestro fondo hecho, hasta cierto punto, por una mayor consciencia de lo que hay en uno. Por ver si conviene atender antes las roturas de la cavidad, que cualquier contenido que en ella podiera tener lugar y convencida acogida. O en cualquier caso tal vez ese sea el primer valor a tener en quenta para algunas peronas. Quizás. Domingo 20 de May de 2007 CARACOLA Arrumba solitario el oleaje de un sonido. Casi de piedra se queda la palabra, acantilada por un silencio siente quedarse en pura y dura materia si antes no escucha. (Buscad y escuchad confirmación de lo dicho en PARA ESCUCHAR, justamente en NAIMA de Michael Breaker ) Lunes 07 de May de 2007 BATIENTE (QUE NO COMBATIENTE) Hace ya un cierto tiempo que una palabra me surge tal como si fuera una ventana. Siempre una cara hacia el exterior; la otra siempre vertida hacia el interior de nuestras viviendas. Entrando por ella: la claridad, la luz, el paisaje (si lo hubiere). Saliendo: nuestro ver, nuestro contemplar, nuestro proyectar (también nuestro divagar que siempre puede dar con algo de interés, si de tal lujo, divagar, puede uno disfrutar... habría que procurarlo). La palabra, que bien podría ser como una ventana, es: familiaridad. Unos estimados primos míos comentaban hace un par o tres de días como por su pueblo, con la repentina y masiva construcción y consiguiente inmigración, ellos ahora iban por la calle -decían- sin poder saludar a casi nadie, cuando no hace mucho tiempo cada cual saludaba a cada quién, por ser, los saludables, conocidos de toda la vida. La vida actual y la de los antepasados. Durante los diez meses que mi padre pasó en el centro sanitario, ese tiempo (bello y sereno árbol que crece) junto a él se ramificó en un necesario y natural proceso de familiarización que también allí tuvo lugar. Cierta familiaridad con algunos de los ingresados y sus familiares; alguna familiaridad, con los médicos, las enfermeras, auxuiliares, celadores; con quienes hacían las camas, personal de la limpieza, recepcionistas, alguien de mantenimiento y el guarda de seguridad (lo mismo daría haber empezado este listado por el guarda de seguridad, o por cualquier otro, claro); familiares, los cortos espacios de largos paseo, los propios paseos, los lugares, los rincones, el paisaje; el tiempo atmosférico y el puesto en horarios. Imposible, pero, familiarizarse con el último y definitivo giro que da la vida, (allí tal giro no poco frecuente). ¿Qué puede haber detrás del lamento por la alteración, merma o pérdida del sentimiento de familiaridad? Lo primero, que uno aprecia tal sentimiento o tales situaciones y, claro al sufrir ello alteración, uno se lamenta en mayor o menor medida pues algo apreciado se tambalea. ¿Qué puede contener la familiaridad que nos resulta tan apreciable? Sin familiaridad no habría intercambio de bienes personales (pertenecientes a lo más propio de la persona de cada cual), intercambio que puede ir del mero saludar hasta la petición y ofrecimiento de ayuda realmente necesaria. Es posible, claro, aprovecharse de la familiaridad para otros fines no precisamente loables; pero sin familiaridad no habría intercambio de bienes, digamos cualitativamente buenos, es decir, saludables a la persona. Ahora bien, como las ventanas, quiero ver en la palabra familiaridad dos caras. Cara adentro se trata de la familiaridad dada y su correlato la familiaridad encontrada, encontrada casi sin darse uno cuenta (o exactamente, sin darse cuenta, sin el casi). Es la familiaridad que acontece, entre personas, en un lugar, la lugareña. Familiaridad espacial y también temporal, del antepasado y del pasado que llega al presente. La del hogar, la del pueblo, la vecinal, la anclada en una porción de tierra, en una porción mayor de tierra, en una porción inmensa de tierra, en toda la tierra. Todas ellas, cualitativamente, la misma familiaridad. La otra faz se halla en el infinito, el de aquí mismo, sin ir más lejos. No se trata, por este lado, de lo que es, de la familiaridad que ya es, esa que nos tiene acostumbrados, la que encuentra el cómodo empedrado en el que podemos, afortunadamente, imprimir, indeleble, el cruce de nuestros pasos sellándolos con algún que otro modesto, o no tan modesto, bien. Hacia afuera se trata de la familiaridad que no toca con los pies en el suelo, la pendiente de hacer; la que, para ser exactos, nos brinda, para su confección, sabiéndolo o no, justamente el extranjero. Una familiaridad sin suelo, pero ni de lejos en el aire; infinita, pero no extraviada, sinó que contenida; cercana, más cercana imposible. Sin caminos establecidos para poder llegar, como ninguno lo estaba antes de serlos. La que harta de carencia de un ámbito propio, busca su lugar, y harta de no haber podido encontrarlo deja las armas, las caseras y las masivas (¡¡nos son también tan familiares las guerras, las domésticas, las intestinas y las petroleras!!), deja las armas y empuña la pérdiga, coge carrerilla de siglos y salta justo encima de la humanidad exenta de todo suelo, de todo fundamento, de todo fundamentalismo. Reconocida extranjera una incalculable parte de mí mismo, sin ir más lejos; familiar con dificultades, consiguientemente, la extrangería de otro. Lunes 30 de Abril de 2007 ¿Y ESO PARA QUÉ SIRVE? Leo en el último Semanal el artículo de Juan Manuel de Padra. Un "afamado" violinista se presta a un experimento ideado por el diario The Washington Post. Joshua Bell, ese es el nombre del músico, interpreta "en una estación de metro de la capital federal", y "durante cuarenta y cinco minutos", "piezas de repertorio clásico"; justo en uno de los momentos de mayor y "tumultuosa" afluencia de gente. De entre tantas personas, una sola reconoce al intérprete; y el dinero recogido no llega ni a la tercera parte del precio que se pagaría por una entrada para escuchar a Bell en concierto. La compra por parte de una ricachona (a uno que hacía por ser pintor) de un boceto de un falso Picasso; y la propuesta de Juan Manuel de llevar a distinguidos escenarios a cualquier violinista callejero poco dotado pero con el nombre del auténtico Bell, componen este artículo que lleva la inteción de remarcar que la mera mención de cualquier afamado nombre encubre, por adhesión y arrebato al tal sustantivo, "nuestra insensibilidad o embotamiento artístico". Tomemos la escena de la estación del metro como si fuera un botón de muestra. Quiero decir, que como muestra baste tal botón. ¿Muestra, de qué? Las microscópicas partículas a considerar son: tumulto de gente, buen violinista interpretando, uno (y sólo uno) cualquiera que lo reconoce; hora punta y frenético ir y venir de gentes y metros. La membrana celular que contiene al conjunto: tres cuartos de hora. Ampliemos la imagen y fácilmente veremos qué se da de hostias, es decir, que hay elementos ahí que no pegan ni con cola. Tumulto contra música; frenético trepidar de gentes y trenes contra medido compás y subtil ritmo bellamente trenzado con melodias; la masa que fluye viscosa contra uno que reconoce (siempre quien reconoce ha de ser uno, uno mismo); ruido contra sonido; oir mucho y indiferenciado contra escuchar concretamente algo. ¿Persiste la pregunta? ¿Muestra de qué? Ampliemos la imagen hasta reconocernos a nosotros mismos en la muestra tomada. Somos más veloces que tiempo nos damos para aquello que lo necesita, y hay cosas que necesitan tiempo, mucho tiempo. ¿Para qué el arte? ¿Qué valor tiene? Hay dos mundos o dos inmensos ámbitos. A uno se le llema objetivo: afortunadamente mi piso está, y está completamente amueblado, no le falta detalle y es muy confortable; la ciudad (en el mejor de los casos) luce espléndida, limpia, ajardinada, atendidos sus monumentos y también los necesarios servicios... ... ¡y hay tantas otras muchas cosas de ahí afuera que forman parte de este objetivo mundo!. El otro mundo, mucho más difícil de atender (porqué casi todo se da por sentado a causa de: o la genética, o la sociedad, o las costumbres, o las tradiciones de cualquier índole o las circunstancias, o la suerte, o Dios hará, o simple y llanamente el tal mundo ni existe (¡huyamos!... ay!, hay un casi infinito número de "os"), el otro mundo, decía, recibe el nombre de subjetivo. Éste puede llegar a estar alarmantemente desatendido, despoblado, seco, olvidado, o con cuidados de poca monta: dándole continuamente gato por liebre, sobreconcentrando gran cantidad de atención sobre la piel o la celulitis en detrimento de todo lo demás, por ejemplo. Se trata del mundo de mis adentros, ese que no puede hacer otra cosa que sentir o notar de alguna manera (a mendudo, tal vez siempre, con sufrimiento) las carencias y los desaguisos de procedencia múltiple. Tal vez el arte sirva, entre otros medios, para darle paisaje a es mundo de adentro. Luces y sombras, que todos tenemos, se ven matizadas, tal vez sazonadas, o a lo mejor destacadas y dispuestas, solo dispuestas, para una mejor comprensión de quién soy; algo de uno queda abonado con una buena lectura, por ejemplo (aunque otras muchas condiciones sean necesarias para la cosecha). Si este mundo queda olvidado o desatendido, ¿Quién es quien habita las viviendas? ¿Quién, quien puebla los pueblos y las ciudades? Hay dos mundos y ninguno de los dos son de otro mundo. Ambos son de aquí mismo. Ambos son, y no debería ser uno más que el otro. Miércoles 25 de Abril de 2007 PONIENTE (PONENT) Domingo veintidós. Mañana serena. Calor del sol bien temperado. Vuelta a ciertos hábitos de apariencia insignificante. Habituales puntitos, esos hábitos, plasmados sobre la tela de la vida que uno, y sobre la paleta de las circunstancias, va haciéndose; nimios, pero que con el tiempo y su inquieta perspectiva, la memoria, deben adquirir, seguramente, el colorido que combate a la oscuridad toda. Juan Manuel de Prada, su artículo en el Semanal. En el bar, sobre la barra, la caña. Sorbo, párrafo, sorbo y párrafo... Truncada y reemprendida lectura de las oraciones. No me para el final del artículo, ni algún punto oportunamente esparcido por el texto. No. Me para un incógnito arrullo que toma por escusa unas cuantas palabras, que al ser leídas suscitan algún armónico personal y recóndito. Ojeada a la calle y al cruce de calles. Una de ellas va a parar a una plaza que tiene, en su centro, un árbol que estimo como se estima, en lento silencio. Muerto, tal parece (y yo creo que verdaderamente lo está), en invierno. Frondoso y florido, ahora mismo. Delicada y potente y armoniosa la silueta de su densa copa, que es casi todo el árbol; son, al tiempo, sus contornos algo dispersos. Vivísimo ahora, en primavera, con pequeñas y blancas agrupaciones, lanceadas, de flores que, ascendentes, pincelan todo el árbol. Su tronco y sus ramas permanecen, en esta época del año y para mi vista, invisibles. En La Plaça Ponent ocurre esto, año tras año; no sé desde cuando (no hace, relativamente, mucho). Difusión de calidez, cerveza al paladar, lectura desaliñada. Plaza, en la que siempre resucita el mismo árbol. Cruce. Luz mediterránea generosamente derramada, aunque le pese al asfalto. Notas, cada cosa, de un acorde. ¿Cuál su nombre, cuál su nota dominante? Uno menor y tendente sólo tendente, el vibrar de cada elemento, hacía el relleno de un vacío motivado por la cadencia de un hueco dejado. Jueves 19 de Abril de 2007 APNEA Tener ganas, deseos de decir y no encontrar palabras. Ni palabras y ni tan siquiera hallar qué decir. Nada, sólo un deseo indeterminado. Nada para un vaso de cristal que pretende el contenido de todo un mar. Imposible. Nada. De esta manera, nada. Tal vez en la playa, sobre las rocas, haya algo. Nada. Nada corpóreo. Sólo la sombra de las viviendas acostada sobre el declinar de la playa, de la playa que se hunde sobre sí misma hasta llegar a su propio fondo. Se impone, por consiguiente, el descenso a pulmón libre. Apnea involuntaria. Duelo. Desciendo. El azul pierde rápidamente su color hasta mostrar una única dimensión de profundidad ennegracida. Tristeza. Allà, sobre la tierra firme quedan los elevados y estimulantes relieves del entusiasmo y la contagiosa alegría de rostros de tal manera embellecidos. Sigo descendiendo, lento, casi inmóvil, hasta quedar, por un instante, quieto, ingrávido... Y súbitamente noto ser arrastrado por corrientes de rabia dirigida contra lo meramente orgánico; hasta hace poco tan dotado, como estabas padre, con la autonomía de una vida que decide, que decide en orden a la vida. Y turbulencias de rabia, también, impactando contra la inorgánica e impenetrable Roca de la Muerte. De las hundidas bodegas de un untiguo naufragio, es que emergen restos que son palabras a las que me aferro, tendentes como son a buscar el desahogo de la superficie. Ato, ahora con mayor dificultad, uno y otro vocablo con estas cuerdas de tosca sintaxis; y así, a renglón seguido de un nuevo oleaje, puedo, a pesar de todo. Lunes 09 de Abril de 2007 OTRO ASPECTO (QUE TAL VEZ TENGA TODO) En el campo de las palabras que buscan qué pensar, recojo que no todo, entre personas, obedece a relaciones de reciprocidad. Que no todo queda encerrado en el "hoy, yo por ti; mañana, tu por mí" o en el "toma y daca" o en lo profesionalmente correcto y necesario. O, la otra cara, no sé si de otra moneda; la otra, de todas maneras nuestra, oscura cara: "hoy me la haces, mañana te la devolveré. Que no todo queda cercado por cuerdas de recoprocidad, lo he aprendido de maestros (siempre vivos y visibles en los libros) que han intentado pasar su experiencia por el actualmente tan menospreciado y ridiculizado tamiz del pensamiento. Hay, en estos cercos, una puerta hecha inmaterialmente de desinterés, o mejor dicho, hecha de profundo interés; o aún mejor: hecha de elaborado interés por lo profundo. Se nota que tal puerta existe, por la gratitud que uno experimenta debido a los detalles, a menudo mínimos en apariencia, recibidos de cualquier otro. De cualquier otro que sin querer da (da, sin ese ilusorio querer de la voluntad que en apariencia todo lo puede; sin menosprecio, pero, de la voluntad que quiere lo que puede). Decía que se nota una puerta de entrada, por la gratitud de uno sentida por detalles recibidos de cualquier otro que deja ir, gratuitamente, una atención que brinca, sin aspavientos, el cerco de lo debido, para ir a parar oportunamente a donde y cuando uno más lo necesita. Y todo ello acontecido, claro, al margen, y en las antípodas, de cualquier espectacularidad. ... y salta, agazapada como estaba, la cuestión: Quién sabe, tal vez la fina retícula que todo lo mantiene, aún con la precariedad que a veces parece, esté hecha más de esta fina lluvia que es para el riego de la persona que por los bélicos, aparatosos, o subtiles y verborreantes intercambios que no conocen más que la palanca colocada en el fulcro del retorno de más de lo mismo. Miércoles 04 de Abril de 2007 DE PE A PA A veces uno se halla, súbitamente, en un torbellino de sentimientos y palabras no dichas. Abre -siempre el mismo, o sea uno- la tal cortina (la de palabras y sentimientos) para ver que tal día hace hoy. Y encuentra que el paisaje, a pesar de todo lo que pesa, es en sí una respuesta. Una respuesta, porque el punto por donde el panorama se fuga para alcanzar profundidad, no es otro que el puntito del signo de interrogación. Colgado como está, el tal signo, del Sol, porque ama, quien mira, el poder ver algunas cosas con la mayor claridad posible. ¡No! Os daría error, si pensarais que pretendo decir grandes cosa. ¡No! Arrebaño con el dedo lo que aún queda, de dulce, en mi plato del postre. Y así el placer es doble: el del dulce y el de saltarme la absurda etiqueta (es decir toda etiqueta, por más socializaditos que por ella, la etiqueta, nos creamos estar). Paso la lengua por esta expresión: Una feliz coindicencia. En sí, la expresión, es un platito bien común. Pero se trata de un postre dulce, muy dulce, pues contiene la palabra feliz. Un platito muy común y algo pasado de moda. Pero, atención, que en lo culinario na hay modas. En fin, en lo culinario...; me refiero, ahora mismo, al paladar. Paso el dedo sin más presión que la superficial, también la lengua, abro la cortina y... una feliz coincidencia. Un paisaje feliz. Un paisaje al que tanto le cuesta salir, dadas las actuales condiciones. El panorama, pero, promete ser bello. Será un laborioso valle cristalino, frágil y hermoso, y exactamente significado por la palabra coincidencia; porque tiene la posibilidad, este término, de albergar, al fin, aguas provinientes de las laderas. En lugar de valle diré coindicdencia, y en lugar de dos pensaré una, y en lugar de vertientes nombraré la palabra feliz. Primero hallo, para conformar este particular paisaje, ciertas respuestas: Hay temas musicales que parecen haber sido creados y interpretados justamente al dictado del sentir de uno. Gustan profundamente desde la primera hasta la última nota. Pero según la realidad, eso no es así; lo que oigo no es creado y interpretado por uno. Yo sólo escucho, ellos crean e interpretan. Sin embargo entre su vertiente y la mía debe haber una coincidencia en el fértil valle de los sentimientos. Uno lee un libro y en algunos pasajes aparece claro lo intiudo, pensado o tímidamente emergido dentro de uno en algún momento. Uno conoce a personas en muchos aspectos muy diferentes a uno y sin embargo parece que algo hay de afín que permite el libre fluir de la alegría y etc., etc. En fin, se ve que andaba buscando, allá, por la línea del horizonte, según la pregunta: ¿Qué es para mí una feliz coincidencia y dónde la hallo?  Valle del Jerte (foto: Manuel Hernández) Después de lo escrito: En "PARA ESCUCHAR", en la barra lateral, coloco My Song (Keith Jarrett) un tema en el que coincidimos plenamente. Sábado 31 de Marzo de 2007 TRES PUNTOS: UN ÚNICO PLANO. ESTABILIDAD. Bien, algo le faltaba a este Lindero. Palabra, imagen, de las cosas y de lo que de sí dé mi particular imaginación (como cada cual podría decir de sí lo mismo, ya que cada uno tiene su propia imaginación. ¡Hay que atreverse junto a ella!). Palabra e imagen. Pero ambas recogidas en el silencio. ¡Correcto!. Pero un exceso de recogimiento siempre acaba en alguna de las múltiples cárceles en las que el alma de uno puede quedar injustamente atrapada. A menudo, cosa y palabra, agradecen mucho, muchísimo, el sentir de alguna música. Y a menudo le debe ocurrir a la Música que se sienta molesta al notarse invadida por las cosas y las palabras de cualquier género. Así que en blog a parte, para que ambas vertientes no se molesten, voy a ir colocando aquellas músicas que algo vayan suscintando (que no comunicando) en mí. En la elección de cada cual queda, según las propias necesidades de cada uno, el que queráis o no escocharlas o combinarlas con lo que os plazca y cuando os plazca. Esa es la dirección: (Sale directamente clicando en PARA ESCUCHAR, en la barra lateral) Miércoles 28 de Marzo de 2007 OJOS DE PUENTE Ojos del puente Robledo. Hago que escuchen más allá de su silencio; que escuchen el clic del opturador de la cámara y se reconozcan en la imagen de este espejo fotográfico. Ojos de un peunte que orilla dos términos y que en su ser de fotografía se transforma, como todo ser fotografiado, en puente que une la mirada de la ladera presente con la otra sentida vertiente, la del pasado. Transitan, es claro, sentimientos, recuerdos y vivencias en ambos sentidos; a condición de que no sean dinamitadas con el sutil y silencioso explosivo del olvido las orillas del pasado.    Sábado 24 de Marzo de 2007 SEGUNDO TIEMPO DE LA PROPUESTA Parece que a las palabras y a los pensamientos mútuamente prendidos y, sobre todo, entre sí prendados, les ocurre algo propiamente vital. Quiero decir que da la impresión que les acontezca algo muy propio de la vida, a saber: que se reclaman, ambas partes, para gestar, y por encima de todo, desprender -y desprenderse de- un fruto, por humilde que éste sea. Pasó por la cabeza decir: Lo que a la música le resulta imposible es quedarse quieta en un lugar. Desesperarse con el presente. La propuesta era: ¿Notáis que hay músicas que parecen beber en frescos lugares del pasado, haciéndonos reales, regalos que nunca pudieron haber sido hechos de otra manera, por más que el personal y oculto deseo de dar y recibir estuviera lejanamente presentes?. Y, ¿Os parece sentir que otros sones están cargados de esperanza, esa que se salta a la torera al apañado, enlatado, forzado, cacareado y ya, aún antes de llegar, tan desgastado futuro (y por tanto tan poco, o nada, creíble)? Pero a la Música le resulta imposible quedarse quieta en un lugar. Y este es el fruto totalmente imprevisto en el primer tiempo de esta propuesta: Entre lo ya sido y lo por venir hay músicas capaces de enzarzarse y colarse por las rendijas del presente, tramando junto a él y a través de él vivísimas improvisaciones que toman sus nutrientes ora del pasado, ora del porvenir, pero siempre de la necesidad interior de expresar.    Domingo 18 de Marzo de 2007 UNA PROPUESTA Propongo verificar la validez de los siguientes criterios: -
Hay músicas que parecen decir: Lo que pudo ser y no fue, eso es lo que justamente hago yo, sonando. Son las músicas de tinte melancólico. -
Hay músicas que parecen clamar: Cuanto y como ahora suena, puede que algún dia sea entre muchos. Se trata de las músicas cromatizadas por la esperanza. Unas beben del fresco manantial del pasado. Las otras del mineralizado surtidor del porvenir. De ese porvenir que de haberlo, debe yacer agazapado más allà del futuro simple. Lo que a la música le resulta imposible es quedarse quieta en un lugar. Desesperarse con el presente. Viernes 16 de Marzo de 2007 ENSAYANDO (II) Lo que uno tine por grato, no sólo puede canalizar los deseos que dan renovadamente con lo mismo radiante de calidad; también hincha las velas del pensamiento. Invita, súbitamente, a cuestionar. En esta ocasión: ¿Qué significa para mí comprender? ¿Comprendo verdaderamente lo que leo? Tengo ante mis ojos esta cita del libro mencionado: El blanco suena como un silencio que de pronto se puede comprender. Es la nada juvenil o, mejor dicho, la nada anterior al comienzo, al nacimiento. Quizá la tierra sonaba así en los tiempos blancos de la era glacial. Tal vez, respecto a la pregunta, podría afirmar: Comprendo verdaderamente a partir de lo que siento. Comprendo de la anterior cita su atractivo, siento que me atrae. Se trata de unas palabras de un enorme atractivo para mí: la nada anterior al nacimiento, suena como un silencio (el blanco) que de pronto se puede comprender. Silencioso pero no insonoro, silencio que germina en brotes comprensivos; incomprensible, el blanco sonido, en un primer momento, por exceso (según el contexto) no por defecto. Pero si yo no tuviera ya mi sentida simpatía, ahora suscitada por el contenido de estas frases ¿Qué podría entender? No podría comprender, tal vez, más que lo permitido por las leyes de la lógica: Un color no es un sonido; un color de ninguna manera puede ser una nada y además anterior a toda gestación. Sólo podría quedarme con la arrebañada expresión: Las cosas son lo que son o la actualmente más corriente de: es lo que hay, que le vamos a hacer. Comprendo, parece, más mi atracción por lo que el texto dice que lo que el mismo texto dice. Quien verdaderamente entiende es quien tiene, de manera sentida, la experiencia de esas posibilidades del color blanco. Quien verdaderamente entiende lo que dice es Kandinsky y quienes tienen una similar sensibilidad tan amplia como para relacionar (partiendo de alguno de los puntos) en este caso, entendimiento, color y silencio preñado de posibilidades vitalmente sonoras. Si algún sentido tuviera lo escrito anteriormente, entonces comprender sería algo así como tener cada cual sus propios hilos, los que, con las múltiples ruecas de la propia vida, uno mismo ha ido elaborando. Están ahí, adentro, unos mejor otros peor dispuestos. A unos no les asoma más que los cabos (a otros ni tan siquiera esto). Hay que tirar de algunos hilos, tal vez bastantes, para considerar los embrollos, cada cual los suyos propios. Otros hilos ya son cuerdas pertinentemente tensadas, afinadas, vibran por armónicos con algo de ahi afuera: un libro, una música digna de tal nombre, una pintura, un rostro bello, un carácter hermoso, una sonrisa tal vez inagotable (y que así sea), una expresión en un rostro que aún dice (y que dure); un sol que se acuesta lleno de aliento, el rayo de un cristal que ha sido retado a primera hora de la mañana por aquel mismo sol, sacado del mar por una voltereta más de esta nuestra tierra, por nosotros tan vilipendiada. Todo ello, además, con algunas madejas dispuestas a ser hiladas de manera complementaria, junto a otros, a pesar de, o precisamente por, las disonancias. Jueves 15 de Marzo de 2007 ENSAYANDO (I) Pasa con los buenos libros lo mismo que con la buena música; y, en general, con todo lo que uno tiena por bueno. Abren, interiormente, surcos con un grado de inclinación suficiente como para que el deseo, atizado, se decante y discurra en pos de nuevosencuentros con lo mismo (donde nuevos dan con una amplitud cada vez mayor; y lo mismo es un vértice, radiante de calidad oteando siempre el agudo final). Así, estos días, he desenpolvado un libro leído hace ya un tiempo. De lo espiritual en el arte, así se llama el texto; y Wassily Kandinsky su autor. Sí, ese, el padre de la pintura abstracta. Comparo, por extraño que parezca (y a mí mismo me lo parece), este texto a cualquier bella pieza hecha de ganchillo; de esas elaboradas por algunas mujeres del pueblo; vistas y vagamente recordadas por mí. Un mantel de palabras urdidas a base de muy distintos ovillos. A saber: el ovillo de las formas, el de los colores, el de la música, el de los afectos y el de los refinados sentimientos. Y alrededor del tapete, la necesidad interior: nada exterior que estorbe la necesidad de contacto vibrante y adecuado a las necesidades humanas de expresión. Tan acuciantes como son, tales necesidades; aunque a veces ahogadas en la ciénaga asfixiante y aplastante del oscuro silencio; de ahí su anhelo por salir... a la luz por el color; a las formas por su delimitaciones; a los sentimientos por sus palabras; al tiempo acompasado y contradictorio por la música; en las pasiones por la gracia y la desgracia de tenerlas. Sábado 10 de Marzo de 2007 ENTRE CAÑO Y DESAGÜE (III) Hacía ya un buen rato que Luna nuevamente iba extendiendo por el campo sus azuladas telas de gasa ilimitadamente fina. El descendiente rocío, su aliento, le interpretaba de manera creciente su claridad posándose, vivificante, sobre todos los elementos acostados y esparcidos por tierra. Caño, Agua y Desagüe, el pilar todo, recogiéronse en sus habituales sonidos, modulados por los restantes del lugar. Infinitésimo aún el primer rayo de luz solar y una alondra, única testigo real de lo ocurrido por la noche (según adivino), alzó sobrasaltada el vuelo hasta que en la lejanía llegó a concentrarse, ella y su ausente canto, en una forma de motita negra, musical, recortada en la periferia de la Luna. Regresó como alondra del cielo, se posó sobre el canalito del desagüe y tomándose su tiempo bebió agua. ¿O tomando agua bebió para sus adentros algo de su único y valiosísimo tiempo? Miércoles 07 de Marzo de 2007 ENTRE CAÑO Y DESAGÜE (II) - Está bien. Tiempo, dice Caño, que le gustaría dispensar en lugar de agua. Por ahora me es difícil imaginar desaguando eso que transcurre preucupando, de entre los vivos, a los que se dicen, distinguidamente, humanos. - Tres secciones tiene el pilar, si las tres vacías de agua están; las dos primeras, con Tiempo, voy a llenar, pero la tercera ¡Quién la alcanzará! - Caño, ¿Y ahora con adivinanzas? Si a la tercera nada le alcaza ¿Qué desagüe soy yo, si nada desaguo? - Las dos primeras siempre lo tienen. Tanto menos para la tercera cuanto exclusivamente más para la primera y la segunda. Se estiran las pieles para darle un más largo tiempo al Tiempo; como si alzando estos pequeños muros, y manteniendo igual caudal, el mismo diámetro y a la misma altura el desagüe, mayor cantidad de agua tuviéramos. Se ensiliconan vólumenes de tiempo como si al tirar piedras a este pilar y al ver subir el nivel, creyéramos en mayores honduras de aguas. (¡Que para nada necesitamos tales honduras, nos cuenta un "ahumano" eco repetido por nuestro cercano Teso de la Madera!) - Bueno, tuviéramosla. Ahora, Caño del Tiempo, me toca tomar a mí el papel puramente antagonista de la Muerte? ¿Tú el protagonista y yo el antagonista? En fin sigue, sigue. - Las dos primeras secciones lo tienen; pero puede que en una sección, esté nadando sobre un amplio agujero sin fondo. Y puede que en la otra, avaporándose, la piscina del Tiempo, al aire libre (único elemento libre que lo es) o en un suntuoso recinto sin techo. Puede que sea un Tiempo turbio: disfrute, únicamente, en lugar de alegría; con obligaciones, en lugar de responsabilidad. Puede que el agujero sin fondo se llame Culpa Insaciable. Puede que el recinto sin techo se denomine Huída de Ser. - Pero puede también que haya un dedicarse Tiempo, un Tiempo a inspirar, un Tiempo para desanudar y luego enlazar, un Tiempo para limpiar el fondo embarrado, un Tiempo para repararlo; un Tiempo que desembroce los canales situados entre las secciones. Puede, Caño, que yo, Desagüe, pueda seguir manteniendo, en la tercera sección y, según el juego, a expensas del agua, mi función reguladora, antes que únicamente expirante. Domingo 04 de Marzo de 2007 ENTRE CAÑO Y DESAGÜE (I) (En mente, el largo pilar de tres cuerpos del Teso de la Madera; allí, no lejos de alcanzar el río. Una fábula entre cosas; al margen de las más corrientes, entre animales) Noche del tres de marzo (y aún noche, pero ya en el dia cuatro) de 2007, en algún momento del eclipse lunar. Por consiguiente, alrededor de las doce y, como veremos, muy entrado ya el dia cuatro. Desde las superficie de las trincas aguas: - Ahora que nada nos ve, pues nada reflejo (que yo sepa, vaya), podríais, animados como estáis por el eclipse, Caño y Desagüe, iniciar una de vuestras conversaciones; una de estas que a mí, y por consiguiente a los tres compartimientos por los que me explayo, tanto nos agradan escuchar. -Bien -chorreando y alterando una cierta cadencia, Caño- propón tu el tema. -De acuerdo -ondulante, casi holgazaneando, Agua-. Imaginad, en este momento de tan bello descanso que la luna nos ofrece gracias al eclipse, imaginad que estáis hartos de dispensarme, tu Caño, y de regularme, tu Desagüe. Si así fuere, ¿Por qué me sustituiríais? -Vaya -socarrón como siempre Desagüe- eres literal y exactamente una aguafiestas. Anhelaba yo, ya, el retorno de la luna y vienes tu, tu precisamente, con esta propuesta. -Valor, sí tienes Agüita de mi alma -gutural Caño, en uno de sus lances casi salomónicos, algo abombados en esta ocasión. -Como sois, conociéndome como me conocéis, sabéis que esto es un juego - sonando con arpegiado percutir en un salto de Agua, del primer compartimiento al segundo del pilar todo. -Gracias por aclarárnoslo, es que sin Luna estamos algo oscurillos. -Sí, nos faltan luces- salpicando al unísono Caño y Desagüe, y desternillándose en mil gotitas. -Es que yo -reponiéndose Desagüe de tanto goteo- sin humor, que es justamente lo que tu propones, Agua; ni río, ni juego ni nada de nada. -No te preucupes Desagüe ya te lanzaré a modo de los mejores arcos existentes y prescindiendo de aguas intermedias, algún que otro chorrito de vez en cuando. - ¿Y cómo lo harás? - Ya me haré entender con el fontanero, que me suelde en el extremo saliente un codo en forma de U, con progresiva estrechez; algo de fuerza por mi parte y ya está, tus chorritos confeccionados ja, ja. -Bueno ya veo yo que estáis, con el temita, con canguelo; como las moñigas de alrededor a las cuales lejanos seres - de ciudad, creo haber oido- no ven, luego pisan. -Pues mira, si de ti hubiera que prescidir lo que a mi me gustaría sería chorrear Tiempo. -Como estáis, como las cabras que os beben. Otras veces, en parecidas circustancias, la eclipse no os había afectado, vamos que no os había afectado de ninguna manera. Y tu, Agua, con la masa que tienes aquí, no deberías ni enterarte de la atracción que la luna ejerce sobre ti. - Ui, es que yo soy muy sensible, sabes. No todo es masa, poca o mucha, en la vida; y, si no recuerdo mal, creo que has sido tu quien ha dicho que anhelabas, ya, el retorno de la luna. Sábado 24 de Febrero de 2007 CONTRAPESO Como modelo para mi imaginación encuentro en una estantería de mi memoria una pieza de relogería. Concretamente se trata del contrapeso deslizable de la varilla de un metrónomo. Soy, esta pieza situada en las últimas muescas, las que, para cualquier compás, dan los tiempos más largos. Por cierto, y sin que venga mucho a cuento, que a veces las suaves olas que desde el Balcó del Mediterrani (Tarragona) se pueden contemplar tienen, para la vista, aquellas lentas y suaves pulsaciones. Y lo que quiero es, tomando como medida y estímulo esos tiempos largos, anotar desde lo alto de esta mi varilla (que en otros tiempos fue la de mi navegar) los pensamientos, que hacen despertar aquellos tic tac. Escucho, mientras escribo, algunos de estos compases que dilatan y ensanchan los conductos del sentir, que para mí son todos y cada uno de los poros de la piel, que hallan, lo mismo que el agua fresca en un caluroso mes de agosto, de esa misma manera encuentran la cálida música que busca infiltrarse hasta alcanzar un más allà de la factoría de las palabras. Se trata de una música que dice un sueño despierto de posibilidades sonoras anudadas al alma. Anudadas a la garganta; a la garganta liberada de angustia (que no otra cosa, imagino yo, debe ser eso del alma: gargante sin angustia). Le dan un sabor de articulación modulada a lo que, siendo en la vida amargo y punzante, amargaría y agudizaría como quebradizo y astillado, y así quedaría; de ser de otro modo -la vida, digo-, es decir, sin estas músicas (o cosas similares). Se revoluciona enérgicamente contra la dureza, de la única manera que ello es posible: con ternura. El contrabajo, el contrabajo es quien da, litaralmente da, las notas. Genera, de la única manera que tal cosa es posible: con generosidad y tiento, con generosidad medida; arropando, arrullando, haciendo de las notas dedos en las cuerdas graves, que son al tiempo algodones atendiendo los últimos momentos de una herida, que ya harta de serlo quiere retornar a su estado poroso, elàstico, dérmico; sin importarle para nada acunar, ahora en forma de pliegue, cuantas arrugas quieran surcar el tiempo, porqué algunos surcos habrán de ser los dignos de las lágrimas; esas que lo mismo dan su ser para la profunda alegría que para el más desolado y silencioso de los sufrimientos. Lars Danielsson, Lars Danielsson es lo que escucho ahora y ya hace un buen tiempo. Escuchadlo, escuchad esta obra suya: Libera Me Jueves 22 de Febrero de 2007 NORIA No sujetado yo, al palo mayor de ninguna embarcación. Sin embargo, dos aguas. Unas, las del lienzo, turbulentas; las otras, las de las pozas, tranquilas. Y... aguas equivalentes contenidas, pero a veces desbordadas, por la visceral membrada de nuestros modos de ser. ¿Y entre estas dos aguas, qué es lo que hay? Recuerdo que de niño iba con mi madre a unos lavaderos. Las mujeres, entre risas y palabras, mojaban, frotaban, espuma, aclaraban y, finalmente, retorcían las prendas de ropa. En aquel lugar casi nunca cesaba el chirrido de una noria. Una pugna, había en aquel claro mecanismo. Una lucha entre el chirriar y crujir, por una lado; y, la sonoridad, casi musicalidad, del agua por el otro. Ambos bandos, son y chirrido, se encargaban de elevarla a un nivel superior. Las aguas del curso inferior aportaban la fuerza para el movimiento y algo de sí mismas para llenar generosamente las cazoletas. En la parte superior de la noria ocurría, repetidamente, una única acción protagonizada por el impertérrito saliente de un arcaduz, una única acción que se desdoblaba en dos tiempos: zancadilla y, resultado, recogida de aguas. Arriba, en el suelo de arriba, el agua era canalizada, según oportunos obstáculos y canales, hasta las extendidas y terrosas páginas cuyos surcos configuraban diversos huertos y márgenes para plantas ornamentales. A veces esta noria aparecía paralizada. Una estaca atravesada en uno de sus radios impedía todo movimiento, chirrido y musicalidad de las aguas. Entoces, las aguas inferiores sólo golpeaban con fuerza desmesurada e irregular las cazoletas parcialmente sumergidas. El agua, en este punto, se encrespaba o formaba rabiosos remolinos. Se salía, con arritmia a borbotones, de su curso. Pensada, hecha y puesta oportunamente por el hombre en función de alimentar la vida y también de ornamentarla. No, meramente un mecanismo pues. Cultura, por tanto, eso es lo que quiero representar con esta noria. Deseo, emotividad. Son las aguas, son el motor y el contenido; si puestas están en las cazoletas de la cultura, que les otorgan sentido. Tantas culturas como existentes, por cierto. O, en su defecto, más bien nada. O, por una parte, sólo mecanismos. En lugar de cultura "coltura". No deseo, no afectividad (me refiero a la no afectada, tampoco a la zalamera). Entonces, en estas condiciones, lo que nos echen. Por cierto, nada para el fondo, pues no lo hay ( sólo, y si acaso, el monetario) O, por el otro lado, deseo. Sólo deseo, sin continente, ni forma, ni afecto, ni lealtad, ni compromiso de sí, ni límites. Ninguna cazoleta para remontar. También esto nos da cero. Nada. O, y finalmente, como tanto vuelve la nostalgia de no pocos a clamar: ¡Sin agua, sin deseo, sin sentimiento! ¡A palo seco! ¡Dureza! ¡Con estaca, con estaca! Domingo 18 de Febrero de 2007 UN RECUERDO Lejos de mi está atarme románticamente al centrífugo y aleatorio balanceo de un mástil para empaparme lo mismo de tormenta que de inspiración. Lo mío es mucho más tranquilo. Yo me zambulliré en las aguas calmas de un río o, como ahora mismo me viene a la mente, en lugares semejantes a Las Ollas, donde alguna vez de niño, casi adolescente, recuerdo haberme bañado. Dice mi recuerdo que se remansaba el día en su atardecer, los rayos del sol en las particulares sombras del lugar; que nuestras voces colmaban la medida de las peñas y que los saltos en el agua le abrieron, a su sereno y silencioso discurso estival, un paréntesis (que luego nuevamente cerraría la quietud), repleto de ondulaciones, destinado a decir explícitamente nuestra alegría. Seguramente que luego, en una noche cualquiera, el íntegro reflejo de la luna en el agua, haría las veces de un punto y aparte para hacer, de aquel lugar, un párrafo más. Sábado 17 de Febrero de 2007 EXPOSICIÓN Un buen amigo mío (que lidia con el arte y con un nada bucólico empleo cotidiano, por lo de los garbanzos que hay que comer, y algunas cosas más, claro) me contó una vez que un pintor inglés (Joseph Mallor Willam Turner) se ataba al palo mayor de una embarcación para observar, sentir, sufrir; experimentar en toda su intensidad y duración el terrible temporal que luego, si vida le quedaba al sir, habría de pintar. ¿Será verdad? No me extrañaría. Voy a intentar montaros una pequeña, muy pequeña, exposición del tal.  Entre los sentidos hay unas inmejorables paredes medianeras. Quiero decir que con la vista no puedo oir (sin embargo oigo y veo), que con el oido no puedo ver (sin embargo veo y oigo), etc., etc. No obstante me parece que si pudiera contemplar, en vivo, estos cuadros y acercara a ellos mis oidos, éstos ensordecerían por el ruido del temporal; que si estuviera un rato, más o menos largo, observándolos, tal vez, me estremecería por lo sublime del espectáculo que supone una voluntad puesta a merced y a la deriva entre los elementos. Que tal vez con obras así puedas oir lo que ves y sentir lo que calabéricamente pensando no serían más que pigmentaciones varias, determinadas longitudes de onda, no más. Y que sólo con el silencio y la calma puede uno anudar delicadamente lo que proviene de cada sentido por separado. Creo recordar que a eso (a esa acción interna e inperceptible de entrelazar) los medievales le llamaban sentido común. Tal vez sí, sea cierto que el meollo del deleite está justo en aquello que no podemos decir porqué la emoción dice un enérgico y a la vez sereno: "¡Calla! Escúchame, nota, siente, joven palabra, escucha por un momento y calla, luego tendrás mucho más, y sobre todo de mejor calidad, para decir; pero yo, emocionada como soy, me reservo el derecho que tienen las palabras a su silencio antes de decir".      Miércoles 14 de Febrero de 2007 ABONO En nuestros terrenos (en principio dos inabarcables) ya he construido, a base de puertas y graníticos silencios, algunos márgenes que pretenden mostrar, renglón tras renglón, un cierto trasiego que corre entre palabras y cosas. Palabras y cosas, siempre puestas unas al servicio de las otras mediante un mútuo y común disfrute; propiedad, este disfrute, de alguien. Atención a la palabra disfrute. Se trata del abono, biológico, con que oportunamente habrá de ser sazonada esa tierra de cultivo, para que un cierto decir sea de un cierto agrado (por humilde que lo dicho sea). ¡Ya puedo escuchar mi primera objección!: "Disfrute, disfrute. Menudo Edén que pretendes montarte. Mira que bien, "con las palabras nos ayudamos para el disfrute de las cosas y de las cosas nos valemos para el disfrute de las palabras". Muy bonito, sí señor, muy bonito. ¿En qué mundo vives tu? (me digo yo)" Veamos. Imagine yo que instalo toda mi vida en un parque de atracciones qualquiera. Y allí, como es natural, voy de atracción en atracción (serpenteando por los necesarios pasajes de larguísimas colas). Es decir que hoy, pongamos que lunes (inicio de la cola llamada semana), me siento atraido ya por el jueves noche, viernes también noche, el sábado y el domingo; que hoy por la mañana (cola de cualquier dia) bostezo en boca, estiro los brazos para alcanzar, ya, la noche; que en enero anhelo ya las aún lejanas vacaciones (quienes tienen la suerte de tenerlas); que ahora que tengo poco dinero (esa falta de dinero que a veces resulta ser la cola del rico siempre inalcanzable), pues... en fin, que le vamos a hacer, si no tenemos más, però, ay!! cuando tenga más (que iguala a mucho) dinero, entonces sí que sí, no sé qué, pero sí; tantas y tantas cosas como tendré emanando, a mi alrededor, los efluvios de la felicidad; que si ahora tengo un coche pequeño, pero ya lo tendré grande y ¡lo habré de tener por duplicado pero bien distintos el uno del otro, mas ambos impresionantes (en eso es que habrán de ser iguales)!; que si ahora dos o más, pisos, con uno especulo lo que con el otro o más no acabo de vivir, poniendo a su vez a la cola a algún necesitado de techo; que ahora no, que cuando lo tenga todo todito entonces sí, me arrejunto, o me caso, entonces sí, porqué no otra cosa nos hace falta, para que todo nos vaya bien, que tenerlo todo (purísima e inmaculada lógica); que ahora que la cosa iba funcionando en este trabajo, patada, a la calle y a engrosar la cola de la correspondiente -y maquillada- estadística. Y para contrarrestar este cuadro de inmejorable porvenir, vea yo la tele a fin de vivir los más intensos sentimientos de la humana condición en horas bajas, que para nada son las mías -esas horas-; no, yo soy distinto, lo que pasa es que con tanta presión diurna, bien viene algo de descopresión nocturna. En esas condiciones estaría de más echar otro divertimento a las artificiosas aguas que ambientan este parque nuestro de cada dia. Sería como ir a la playa de Corporario y, desde su orilla, verter un vaso de agua esperando ver crecer el nivel de las aguas del Duero. Como mínimo, tontería, ¿verdad? Vamos, una especie de sucedáneo de Felipe, el del Picón. Si lo anteior fuera la cruz, gire yo la moneda para considerar la cara. Imagine yo ahora que alguien pretende vivir lo menos en diferido posible. Es decir, que hace por sentir sus propios sentimientos (que a veces están bien soterrados, ignorados o tergiversados), reconoce y acoge amablemente (auque no sin dificultad, claro) sus propias contradicciones (no pocas veces con dolor); hace por reconocer sus popios errores, especialmente los implicados en las relaciones personales y cercanas; elige, sin dejarse impulsar tanto por tanto resorte hecho de materia ilusoriamente feliz, etc., etc. Es decir, y dicho rápidamente, que al menos procura que el presente no le resvale, insalvable, por la pendiente de la ilusión o se le cuele por el agujero de la melancolía. En esas condiciones (acompasadas por dificultad y satisfacción), ¿a qué viene crearse un espacio, un blog, orientado a la tragedia, drama o dificultades del popio o ajeno vivir; estando además, como están, estos temas, reservados para los que de verdad son escritores? ¡Atención! He comparado estos dos últimos párrafos a una, repito, una, moneda con sus dos caras. Tal vez hubiera sido mejor usar la metáfora de la aleación de tal moneda; la composición, mezcla y proporción de la cual, a cada quien puediera importar o, en oro de ley de libertad, no importar para nada. Por tanto, abono: por una cara, disfrute yo a mi manera, como cada cual a la suya; y por la otra, hágalo yo como una manera más de tomar aliento (por estar, a veces en el canto de la moneda pero tambien tomar aliento a la manera de una buena bocanada de cigarro puro, ahora que ya hace unos cuantos años que no fumo). Jueves 08 de Febrero de 2007 ALGUIEN (Y FIN DEL INICIO) (III) Por ahora, siguiendo estas líneas y para nuestros adentros, hemos realizado una especie de concentración parcelaria, cuyo panorama se compone únicamente de dos inabarcables territorios de donde parten las palabras y las cosas, para reunirse en renglones que son como márgenes que hacen por abrirse al decir de las cosas o a las cosas mismas que se dejen decir. Y saltando más allá de estas líneas nos encontramos con azuladas tintas de oscuro fondo, que escriben sobre el terreno adjetivándolo de hondo y oscuro, agreste y precipitado; duro y difícil de trabajar, sobre todo en sus vertientes más pronunciadas, a la vez que es rico y bello en amplios y múltiples matices, lo mismo que en detalles menudos.   Hondo, oscuro, agreste, precipitado; y en sus vertientes más pronunciadas (donde la gravedad se ceba), duro y difícil de trabajar (a veces imposible); a la vez que rico y bello en amplios y múltiples matices, lo mismo que en detalles menudos. Así nos devuelve el eco, no ya las palabras, sinó como una imagen de las voces que tienen cuerpos que son alguien, a diferencia de las cosas, y de las palabras que pueden llegar a ser tan huecas sin la consideración de esa imagen natural, la nuestra, reflejada y a la vez devuelta por nuestro hermoso paisaje. Lunes 05 de Febrero de 2007 MÁRGENES (TODAVÍA EMPEZANDO) (II) Recuerdo una ocasión en la que, paseando, me llamaron la atención unos márgenes que delimitaban tierras de alrededor del pueblo y que ahora mismo no sabría decir si estaban dentro del término municipal de la Zarza o en alguno contíguo. ¡Qué cantidad de piedras relativamente menudas y qué variedad de formas! Ni una igual, claro; aunqué todas debían compartir características comunes: como mínimo habían de tener un par de caras lo suficientemente amables, por así decir, como para ser soporte inmediato de las piedras más cercanas y aguante mediato de otras más lejanas en el común repartimiento de fuerzas en arras de un prolongado y asentado equilibrio. Lo que repentinamente me llamó la atención fue la regularidad y firmeza que mantenían los elementos dimensionándose en su nuevo ser de margen, y con una altura más bien modesta. Me parece que ni una sola piedra sobrasalía lo más mínimo del conjunto que formaban sus caras anteriores. Me pareció contemplar un trabajo humilde, laborioso y ¡tan bien hecho! Ziczageante trajín de los dedos sobre el teclado en su intento de arrancar la granítica ubicación de las teclas para conferir a las letras su vocacional carácter de linealidad. Linealidad: márgenes dispuestos en paralelo entre espacios con silencios hechos de cuarzo, interrumpidos impertinentemente por esas aberturas que son las palabras, por donde circula la cosecha que la imaginación ha cultivado en los inmensos campos de las palabras y las cosas. Sábado 03 de Febrero de 2007 PARA EMPEZAR (I) Así define el diccionario manual de la Real Academia Española la palabra lindero en una de sus acepciones: Que linda con una cosa. Al escribir uno ya ha elegido, como lindero de las cosas, la palabra. Es fácil, pues, suponer que cosa y palabra gozan de una contigüidad especial. A ver, ni cosa ni palabra son capaces de gozar, quien goza es uno. Lo que tal vez ocurra es que entre cosa y palabra no sabríamos donde situar, si en la cosa o en la palabra, el inicio de esa especie de torbellino que todo disfrute genera. Tal vez una y la otra estén involucradas en una suerte de corriente alterna. Ora una, la palabra, es medio hacia la cosa y esa última, pues, será fin; ahora la cosa es el medio, por lo que la palabra será su fin. Y así con las palabras nos ayudamos para el disfrute de las cosas, y de las cosas nos valemos para el disfrute de las palabras.
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